Presentación del poemario “Mucho ruido”, en la Casa del Poeta

Casa del Poeta
Mtro. Martín Jiménez, Mtro. Janitzio Villamar, Dra. Leticia Romero

Presentación de la Tetralogía Ana

I

¿Qué hacer cuando el cuerpo está lleno de una memoria apasionada? ¿qué, cuando ésta es afligida por fantasmas inasibles? En Soluciones a la de Ares periferia, primer poemario de la tetralogía Ana, Janitzio Villamar propuso un re-conocimiento de los mecanismos de la evocación amorosa. Para ello, convocó dos presencias: un yo poético deseante, sediento, y un poético tan evanescente como deseado.

La búsqueda le deparó una inmersión en el mar del tiempo: ni el amante ni la amada eran los mismos que vibraron juntos en el pasado. El recuerdo de esa unión que ya no era, sin embargo, incentivaba un presente donde resultaba dable regodearse en el simulacro de sensaciones remotas. ¿Qué resuena en nosotros tras una ruptura?

El trayecto memorístico inspirado por la separación de los amantes, siguió una cronología reconocible. Fue de la remembranza del encuentro (“tu piel en mis ojos se estaciona”) y la consciencia de su indescifrable densidad (“no hay palabra que designe el argumento de los cuerpos”), hasta la fruición con que se restaura lo experimentado (“bajo la piel, calor que en guerra bulle”) y el temor de actualizarlo todo, incluso el rompimiento (“la memoria quema”).

Pero aquí no labró “prisión la fantasía”, como quería sor Juana Inés de la Cruz. El desenlace de esa guerra en –con, contra– el tiempo, no llegó. Y no lo hizo porque el recuerdo de la pérdida arrojó al sujeto a un vacío que, escribió el autor, “se prolonga, / es cada vez mayor su cuerpo”.

Ocurre que la nostalgia no trabaja con sucesos sino con la re-creación de éstos. Además, en un ejercicio de suprema destreza, va cercándolos con “palabras enflorecidamente arcanas”. Enflorecidas son, en efecto, las palabras que se parten, se entremezclan, se reiteran, se confunden, para mejor decir en los poemas; para evocar con la trémula precisión con que se pronuncia el nombre idolatrado. Lo que resuena entonces es el recuento de hechos, aderezados por la distancia: amante, amada e historia, han mutado.

Extrañar significa echar de menos a alguien, pero también desterrar, devolver al Otro su condición de extraño. Acaso tal iluminación motivó la necesidad de soltar a la amada para que, una vez restaurada con artificio desde el anhelo, devolviera al amante su reflejo. La expedición en pos del , culminó en el yo.

II

Y precisamente ahí dio inicio el recorrido de Desconcierto, segunda parte de la Tetralogía Ana, guiado por palabras como soledad, muerte, fragilidad, disolución, inmovilidad, sinsentido, destierro… No podría ser más sombrío el campo semántico que habitaba aquellos poemas. Pero, en medio del desastre, la voz lírica afirmaba esto: “lloro escombros y me nacen mariposas”.

Como ha quedado dicho, en el poemario previo Villamar había puesto sobre la mesa el tema de la separación de los amantes. Pues bien, en Desconcierto, la ausencia de la amada era ya definitiva y dominaba la atmósfera en forma implacable. Esa oscuridad donde la voz lírica se situaba para cantar lo perdido, apuró la instauración de una retórica donde el cuerpo, dueño de la palabra, recreaba el deseo. Salvo que el canto parecía haber dejado de ser una celebración del placer prodigado por la piel ajena, para convertirse en elegía.

Debido a eso, la mayoría de los sesenta poemas que conformaron el volumen tenían el sabor de una batalla perdida y llorada mil veces. Descompuesto, perplejo, el yo poético era la encarnación del desconcierto.

No obstante, en plena confusión fue capaz de recapitular la decisión que se vio impelido a tomar: dejó atrás la emoción de una apasionada guerra y adoptó la armonía de la razón. Entre Esparta y Atenas, optó por esta última. Depuso las armas tras un episodio glorioso, inolvidable, vivificante.

III

Tras Soluciones a la de Ades periferia y Desconcierto, se publicó Salvaje tentación. Si en las dos partes previas la voz lírica había propuesto reconstruir a través de las palabras el escenario del encuentro erótico, en el tercer momento evocó con precisión el sentido profundo de tal escaramuza.

“El discurso de la Ausencia es un texto con dos ideogramas: están los brazos levantados del Deseo y están los brazos extendidos de la Necesidad”, escribió Roland Barthes en Fragmentos de un discurso amoroso. En efecto, ante la ausencia del hay un ansioso estado de espera: el estado primigenio. Mas la espera no es pasiva y de su ímpetu da cuenta el yo poético, quien de inmediato echa mano de la palabra para mover a la acción, invocando a Eros.

La tentación es salvaje, dice; es raigal y se antoja incontenible. De ahí que las páginas de ese poemario estén colmadas de un impulso enérgico. “Dispara sobre ella la saeta, / hiere profundo el pecho que se entibia, / dispara sobre ella la saeta”, demanda la voz lírica a Eros, exigiendo su pronta intervención.

“Dispara sobre ella la saeta”. Ella es el objetivo. Ella, que habita el pasado. Ella, distante pero cara a la memoria, es motivo suficiente para exigir al dios arquero un tiro preciso para dar pie a la batalla de los cuerpos. De esa manera se forja un mito de origen.

Así, incluso si Ella pretende “con la ausencia el olvido invocar”, las cenizas quedarán. Quedará el eco. Y el deseo que resuena más allá del tiempo, labra una historia fundacional con la cual todo (deseo, consumación, pérdida, olvido) adquiere sentido. En tal contexto, incluso los nombres se develan poderosos en su capacidad de mostrar quién se es en el mundo.

Y es un mundo, precisamente, lo que funda el mito renovado a través de una pareja que es la primera y es todas a un tiempo.

IV

Ruido es el encuentro de dos cuerpos. No por inarmónico, sino porque supone una ruptura en la monótona cadencia vital: es la expresión incontrolable, estridente, de la voz que es una piel en diálogo con otra.

“En mí tú eres ruido”, declara ante la amada la voz lírica del poemario Mucho ruido, con el que Janitzio Villamar cierra la Tetralogía Ana. Aquí la ruptura es estimulante, refresca y deleita a quien ha hecho de la espera previa al encuentro, un paisaje ansiado.

Y la piel es esa voz que clama, suspira, replica, siempre pendiente de “Ana que se aposenta en cada poro”. Ruido es la memoria. El recuerdo del encuentro. Su dolorosa figura evocadora de gemidos, que no enmudecen pese a la distancia y el adiós de la villaurrutiana “voz quemadura”.

“Por ti el silencio en mí se instala”, confiesa la voz lírica desde el presente. Pero “no pienses que la nostalgia duele”, añade con un orgullo que parece ocultar la vocinglera manifestación de otras presencias: las de un Yo y un Tú, contenidos en el tiempo.

Por ello el eco del pasado resplandece en medio de la nada en que la vida se transforma después de la añorada escaramuza. “El silencio en torno a ti se me acumula”, afirma. Ruido es la poesía. La re-construcción de un encuentro venturoso, con palabras que se quieren ecuménicas.

“Hablo con voz de piel”, exclama la voz lírica. “De palabras a ti te cubro”, explica a una amada que ya no es persona, sino mito: la Amada. “¡Mátame, cállame la voz, / haz que no exista la poesía, / que me trague la poesía!” Haz que el amante sea mito también.

Eso, justamente, es Mucho ruido: una voz “tan voz, tan piel”, que eleva una historia al nivel donde la poesía canta, más allá del tiempo y del espacio, todas las historias en las que un encuentro provocó un ruido significativo y abrazadoramente renovador.

Leticia Romero Chumacero

Casa del Poeta Ramón López Velarde, 14 de abril de 2015.